Llegamos a la tienda de antigüedades, que lucía muy moderna y minimalista para ser ese tipo de local.

Entré dentro y únicamente vi una señorita de pelo rojo que parecía ser la dependienta del local y un matrimonio, que parecía interesado en una escultura de la antigua Roma.

Miré a mi alrededor, y la tienda tenía todo tipo de objetos antiguos, esculturas, monedas, cuadros… un sinfín de objetos que procedían de todos los lugares del mundo. Una explosión de culturas entre cuatro paredes.

La mujer acompañó a la pareja a la puerta y tan pronto se despidió de ellos, se giró hacia mí.

– Buenos días. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Buenos días. Estoy buscando a la persona que vendió a mi abuelo un objeto antiguo, el cual creo, procede de esta tienda.

– En esta tienda se venden muchos objetos antiguos. De todas formas, soy la dueña, así que no se preocupe, acompáñeme que buscaremos en la ficha el historial.

La seguí hasta el mostrador nerviosa y ansiosa pensando si podría ayudarme. Abrió un fichero y me preguntó:

– Bien, ¿podría darme usted el número de referencia del artículo o los papeles de adquisición de subasta en su defecto?

– La verdad es que solo tengo esta tarjeta.

Le entregué la tarjeta y su rostro cambio de manera radical. Me fulminó con una mirada que realmente me produjo mucho miedo.

Se acercó apresuradamente a la puerta del establecimiento, colocó el cartel de cerrado y se volvió hacia mi.

– Acompáñeme por favor.

Nos adentramos en un despacho, que poco tenía que ver con el resto de la tienda. Era oscuro, lleno de objetos aún más extraños que los que había expuestos de cara al público. En el fondo, había una preciosa mesa de madera añeja y un asiento de cuero.

– Siéntese ¿Puedo ofrecerle algo de beber?

– No gracias. Iré directamente al grano si no le importa, la verdad es que me gustaría saber algo sobre el objeto que compró mi abuelo y quien se lo vendió.

La mujer sirvió dos tazas de café y tras colocar una entre mis manos, se sentó frente a .

– Yo fui quien consiguió y le dio a su abuelo el “artículo” como usted lo llama.

– Discúlpeme, en verdad no tengo ni la más remota idea de qué demonios es esto.

Noté como me miró de abajo a arriba, como si quisiese ver más allá, dentro de mi alma. Sin ningún atisbo de querer hacerme sentir cómoda, paró su mirada y me miró fijamente. Entonces su rostro arrojó una ligera y extraña sonrisa.

– ¿Qué le hace gracia?

– Es un efecto muy valioso. De hecho, espero que no lo trajese con usted. Por que … ¿lo habrá dejado a buen recaudo, verdad?

– Si, no se preocupe por eso. Aunque es un cacho de cuero casi descompuesto.

Volvió a mirarme, pero esta vez sus ojos se clavaron sobre los míos con un gesto amenazante. Hizo que se me erizase hasta el pelo de la nuca, y juraría que por un momento cambiaron ligeramente de color.

– ¿Está usted familiarizada con la historia antigua?

– Si, podría decirse que toda mi vida he estado rodeada de libros con ese tipo de temática.

– ¿Conoce la historia de Maia y Mia?

– Creo haber escuchado algo de pequeña, pero tampoco me vendría mal recordarla.

Bien, pues cuenta la leyenda, que hace muchos muchos años, en el antiguo Egipto…